Crujen meciéndose con el viento aquellos árboles densamente tupidos. Sus copas esconden una media luna que se escabulle entre la maleza.
Sentados sobre las raíces, miramos el cielo. Es una noche cálida, perfecta para ver estrellas.
Allá arriba está el misterio: la infinidad que nos rodea, el universo que se expande hacia todas las direcciones, galaxias enteras que existen hace eones, planetas, soles, asteroides, meteoritos, y más que nada, nada.
Y aquí abajo (que no es abajo), existimos nosotros. Nuestra sola presencia es una increíble e inexplicable coincidencia, hasta tal vez un privilegio.
Entre los miles de millones de años de existencia del universo, nos encontramos.
Las probabilidades de que tan solo existamos son casi nulas, más aún conocernos. Así y todo hablar con vos es tan fácil como el agua que cae por una cascada, escucharte es tan lindo como el crepitar de una fogata y verte es refrescante como un amanecer o un atardecer.
Bajo este vasto cielo, bajo esta imposible probabilidad, nos damos un abrazo y de repente todo tiene sentido. Un improbable abrazo. Una improbable mirada. Y el universo cambia para siempre.
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